| dc.description.abstract | Caminar por el Barrio de las Mil Casitas, en
Liniers es encontrarse con un barrio que
todavía se reconoce a sí mismo. Sus calles
conservan una escala doméstica, sus plazas
guardan la memoria de encuentros, y sus
habitantes hablan de él con una familiaridad
que no es nostalgia sino pertenencia activa.
Sin embargo, algo en esa misma caminata
inquieta, entre vivienda y vivienda, se han ido
levantando distancias entre los vecinos y el
habitar en comunidad. Rejas, muros,
intersticios tapiados, fueron los elementos que
generaron individualidad en donde antes
podría haber habido continuidad.
Esta tesina parte de una contradicción que el
barrio mismo propone, la identidad colectiva
persiste, pero los espacios que la sostenían se
han ido contrayendo. El problema no es la
desaparición del sentido de pertenencia, sino la
degradación de los espacios intermedios que
permitían que ese sentido se construyera
cotidianamente. | es_ES |